Temu, AliExpress, Shein… ¿qué le han hecho a la artesanía?

Una avalancha difícil de imaginar

Antonio Benavides

9/14/20266 min read

No hace tantos años, cuando alguien se acercaba a un mercadillo y encontraba un objeto hecho a mano por 10, 15 o 20 euros, podía preguntarse si le gustaba, si le resultaba útil o si estaba dispuesto a pagar ese precio.

Hoy ocurre algo diferente.

Muchas veces la comparación comienza antes:

«En Internet esto cuesta 3 euros.»

Y ahí tenemos uno de los grandes problemas a los que se enfrenta actualmente la artesanía.

Plataformas como Temu, AliExpress o Shein han conseguido poner al alcance de millones de consumidores cantidades enormes de productos a precios extraordinariamente bajos.

No podemos fingir que no existen. Tampoco podemos culpar a quien las utiliza. Cuando el presupuesto familiar es limitado, el precio importa, y mucho.

Pero sí podemos preguntarnos qué consecuencias está teniendo este modelo sobre quienes intentan fabricar, diseñar, escribir, pintar o crear pequeñas producciones por sí mismos.

Una avalancha difícil de imaginar

Las cifras ayudan a comprender la dimensión del fenómeno.

En 2024 entraron en la Unión Europea unos 4.600 millones de envíos de comercio electrónico de bajo valor, alrededor de 12 millones diarios. En 2025 la cifra se acercó ya a los 5.900 millones de artículos.

En 2024, además, el 91 % de los envíos de comercio electrónico de hasta 150 euros que entraron en la UE procedieron de China. La propia Comisión Europea relacionó este crecimiento con la rápida expansión de plataformas como Temu y Shein.

No estamos hablando, por tanto, de unas cuantas tiendas de Internet.

Estamos hablando de un cambio gigantesco en nuestra manera de comprar.

El verdadero problema para el artesano: el precio de referencia

Imaginemos una artesana que realiza una pieza.

Compra los materiales. Diseña el producto. Hace pruebas. Se equivoca. Vuelve a empezar. Dedica una hora o dos a fabricarlo.

Después tiene que fotografiarlo, empaquetarlo, transportarlo y pasar una jornada detrás de una mesa esperando que alguien se interese por él.

Y enfrente tiene un producto aparentemente parecido por 2,99 €.

Económicamente, no puede competir.

Y probablemente tampoco debería intentarlo.

Una pequeña artesana europea no dispone de enormes cadenas de producción, millones de unidades fabricadas, logística internacional masiva ni la capacidad comercial de una plataforma gigantesca.

El problema aparece cuando el consumidor compara exclusivamente el objeto terminado.

Ve dos pendientes.

Uno cuesta 3 €.

Otro cuesta 15 €.

Y concluye que el segundo es caro.

Pero no está comparando dos modelos de producción equivalentes.

Hemos perdido la percepción de lo que cuestan las cosas

Quizá éste sea uno de los daños más profundos.

Nos hemos acostumbrado a precios que hacen difícil comprender cuánto cuesta realmente fabricar determinadas cosas.

Una camiseta por unos pocos euros. Un collar por dos. Una decoración para casa por tres. Un pequeño objeto por poco más de un euro.

Cuando esos precios se convierten en nuestra referencia mental, cualquier producto artesanal empieza a parecernos caro.

Y entonces sucede algo peligroso:

no baja solamente el precio que estamos dispuestos a pagar. Baja también nuestra percepción del valor del trabajo.

Pero nosotros también hemos comprado allí

Y aquí conviene reconocer algo que puede resultar incómodo.

Los propios artesanos también hemos comprado en Temu, AliExpress, Shein y otras plataformas similares.

Porque hacer artesanía no significa necesariamente fabricar absolutamente todos los elementos que forman parte de una pieza.

Necesitamos materiales y componentes.

Cierres, cadenas, telas, cuentas, cordones, anillas, soportes, pequeñas herramientas, embalajes, adornos, piezas de madera o metal, elementos decorativos y muchos otros productos que después utilizamos, modificamos, combinamos o incorporamos a nuestro trabajo.

Y durante años estas plataformas nos han permitido conseguir muchos de esos componentes a precios muy bajos.

Sería absurdo negarlo.

En cierto modo, nosotros también nos hemos beneficiado del mismo sistema que ahora criticamos.

Pero aparece una situación especialmente complicada.

Desde julio de 2026, las nuevas medidas aduaneras europeas sobre los pequeños envíos procedentes de fuera de la Unión han empezado a encarecer determinadas importaciones. Y eso también puede afectar a los materiales y componentes que utilizamos los artesanos.

Eso significa que algunos de los elementos que utilizamos pueden empezar a costarnos más.

Y tendremos que repercutir, al menos parcialmente, esos mayores costes en nuestras piezas.

Ahí aparece la paradoja.

Nosotros nos acostumbramos a comprar barato para poder producir barato.

Pero nuestros clientes también se acostumbraron a comprar barato.

Ahora nuestros materiales pueden costarnos más mientras el público continúa teniendo en la cabeza los precios extraordinariamente bajos que ha visto durante años en Internet.

Es una combinación difícil:

componentes más caros + producción artesanal + clientes acostumbrados a precios muy bajos.

Y ese problema probablemente se hará cada vez más visible en nuestros mercadillos.

Por eso quizá tengamos que aprovechar este momento para explicar mejor algo fundamental:

el precio de una pieza artesanal no es simplemente la suma de las piezas que la componen.

Un collar no vale solamente lo que cuestan las cuentas y el cierre.

Una pieza de madera no vale solamente lo que cuesta la madera.

Un cuaderno artesanal no vale solamente lo que cuestan el papel y las tapas.

También existe una idea, un diseño, un trabajo, unas pruebas, unas herramientas, un transporte, un puesto, unas horas y, muchas veces, años de experiencia.

Y después llega la reventa al mercadillo

Para JIPIJAPI existe además otro problema.

Los productos baratos de estas plataformas pueden terminar apareciendo en mercadillos y eventos presentados junto a productos realizados artesanalmente.

Entonces la competencia deja de estar en Internet.

Está en la mesa de al lado.

Una persona compra productos fabricados industrialmente a precios muy bajos, les aplica un margen y los coloca en un puesto.

Al lado, otra persona lleva productos que ha diseñado y elaborado durante horas.

Para el visitante puede no resultar sencillo distinguirlos.

Y volvemos a encontrarnos con la misma situación:

3 €, 5 €, 8 € frente a 15 €, 20 € o 30 €.

No porque comprar y vender sea una actividad ilegítima. El comercio existe y seguirá existiendo.

El problema surge cuando la reventa industrial se presenta como si fuera artesanía o ocupa progresivamente los espacios creados precisamente para dar visibilidad a quienes producen sus propios trabajos.

Entonces, ¿está perdida la batalla?

Creemos que no.

Pero probablemente los artesanos cometemos un error cuando intentamos competir exclusivamente en precio.

No podemos ganar esa batalla.

Nuestra oportunidad está precisamente en ofrecer aquello que estas plataformas tienen más difícil ofrecer.

Una historia.

Una persona.

Una pieza diferente.

Una pequeña serie.

La posibilidad de hablar con quien la ha creado.

La adaptación de un producto.

Una técnica.

Una procedencia.

Y, sobre todo, una relación entre quien crea y quien compra.

También tenemos que hacer autocrítica

Defender la artesanía no significa afirmar que cualquier cosa hecha a mano merece cualquier precio.

Tenemos que mejorar.

Mejorar los diseños.

Mejorar los acabados.

Mejorar la presentación de nuestros puestos.

Explicar mejor nuestros productos.

Buscar nuevas ideas.

Escuchar al público.

Medir qué funciona y qué no.

Y también debemos preguntarnos cuánto valor artesanal añadimos realmente cuando trabajamos con componentes industriales comprados.

Porque existe una diferencia importante entre utilizar componentes industriales para crear algo propio y limitarse a comprar un producto terminado para revenderlo.

Esa frontera merece que hablemos de ella con claridad.

El futuro de los mercadillos también depende de nosotros

En JIPIJAPI podemos hacer algo que ninguna de estas grandes plataformas puede hacer.

Podemos conocernos.

Podemos compartir información.

Podemos recomendar el trabajo de la persona que tenemos al lado.

Podemos organizar actividades.

Podemos explicar cómo hacemos nuestras piezas.

Podemos contar historias.

Podemos enseñar.

Podemos crear productos relacionados con nuestros pueblos, nuestras experiencias y nuestro entorno.

Podemos conseguir que visitar un mercadillo sea algo más que recorrer veinte mesas buscando el objeto más barato.

Porque si convertimos nuestros mercadillos únicamente en lugares donde se venden cosas, las grandes plataformas tienen casi todas las ventajas.

Pero si los convertimos en lugares donde pasan cosas, la situación cambia.

Quizá tengamos que dejar de competir con Temu

Ésta puede ser la conclusión más importante.

Un artesano no debería intentar convertirse en un Temu diminuto.

No podemos fabricar más barato.

No podemos tener millones de referencias.

No podemos realizar campañas publicitarias gigantescas.

Y no pasa nada.

Nuestra fortaleza está precisamente en ser pequeños.

En JIPIJAPI somos artesanas, artesanos, artistas, escritoras y personas creadoras con trabajos muy diferentes.

Esa diversidad puede ser nuestra ventaja.

Mientras Internet ofrece millones de objetos, nosotros podemos ofrecer personas detrás de los objetos.

Mientras los algoritmos recomiendan productos, nosotros podemos mantener una conversación.

Mientras una plataforma intenta que compremos más, nosotros podemos conseguir que alguien se lleve una pieza porque conoce quién la hizo y qué historia tiene detrás.

Por eso quizá la pregunta no sea:

«¿Cómo podemos competir con Temu, AliExpress o Shein?»

Quizá deberíamos hacernos otra:

«¿Qué podemos ofrecer nosotros que ellos nunca podrán meter dentro de una caja?»

Ahí probablemente esté buena parte del futuro de la artesanía.

Y también del futuro de nuestros mercadillos.