¿Por qué seguimos creando cosas a mano cuando la reventa lo invade todo?

Evitemos la reventa. La experiencia de diseñar, crear y compartir es una experiencia incomparable.

Antonio Benavides

6/16/20264 min read

En una época dominada por la producción masiva y la reventa de artículos idénticos, miles de personas siguen dedicando horas a pintar, escribir, coser, tallar, encuadernar o construir objetos con sus propias manos. A primera vista puede parecer una contradicción. ¿Por qué invertir tiempo, esfuerzo y dedicación en crear algo cuando resulta más fácil comprarlo o vender productos fabricados por otros?

La respuesta tiene mucho que ver con la naturaleza humana.

Crear nos hace sentir parte activa del mundo. Nos permite transformar materiales sencillos en algo nuevo y personal. Nos da la oportunidad de expresar ideas, emociones y experiencias que difícilmente encontrarían otro camino para manifestarse.

Cuando una persona trabaja con las manos sucede algo especial. La atención se centra en una tarea concreta y el ruido cotidiano parece disminuir. El tiempo adquiere otro ritmo. Una pieza de cerámica, una fotografía intervenida, un mosaico, una ilustración o un pequeño libro artesanal no aparecen de la nada. Son el resultado de decisiones, pruebas, errores, aprendizajes y horas de dedicación.

Quizá por eso los objetos hechos a mano poseen algo que las máquinas no pueden reproducir completamente. Tienen personalidad. Cada uno conserva pequeñas huellas de quien lo creó. Una pincelada inesperada, una textura diferente, una costura imperfecta o un detalle único convierten cada pieza en algo irrepetible.

Durante miles de años la humanidad vivió creando. Fabricábamos nuestras herramientas, decorábamos nuestras viviendas, cosíamos nuestra ropa y transmitíamos conocimientos de generación en generación. Aunque hoy la tecnología ha cambiado nuestra forma de vivir, esa necesidad de crear sigue formando parte de nosotros.

Por eso muchas personas encuentran en la artesanía, el arte o la escritura una fuente de satisfacción difícil de explicar. No se trata únicamente de producir objetos. Se trata de disfrutar del proceso. De aprender. De descubrir capacidades que quizá permanecían dormidas. De comprobar que todavía somos capaces de imaginar algo y hacerlo realidad.

La diferencia entre crear y revender

En los últimos años se ha producido un fenómeno que merece una reflexión serena.

Muchos mercadillos y ferias nacieron para dar visibilidad a artesanas, artesanos, artistas y pequeñas personas creadoras. Eran espacios donde el público podía conocer directamente a quienes habían elaborado los productos que exponían. Había una historia detrás de cada objeto y una conversación detrás de cada venta.

Sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar puestos donde la creación propia comparte espacio con productos adquiridos a terceros para su posterior reventa. En algunos casos esta práctica se ha convertido en la actividad principal del puesto.

No se trata de criticar a quienes se ganan la vida de esa manera. La reventa ha existido siempre y forma parte de la actividad comercial. El problema aparece cuando ocupa el lugar que debería corresponder a la creatividad y a la producción artesanal.

Cuando un visitante acude a un mercadillo artesanal espera encontrar algo diferente a lo que puede comprar en una gran superficie o en una plataforma de comercio electrónico. Busca originalidad, cercanía y autenticidad. Quiere conocer a la persona que ha pintado el cuadro, escrito el libro, tejido la prenda o construido la pieza decorativa.

Cuando predominan los artículos de reventa, los puestos comienzan a parecerse entre sí. La singularidad desaparece. Los objetos pierden parte de su historia y los mercadillos corren el riesgo de convertirse en simples espacios comerciales.

La artesanía no puede competir con la producción industrial en cantidad ni en precio. Su valor está en otro lugar. Está en la creatividad, en el trabajo personal, en la originalidad y en la relación humana que se establece entre quien crea y quien adquiere una pieza.

Por eso resulta importante proteger esos espacios donde la creación sigue siendo protagonista.

Mucho más que vender

Además, crear cosas a mano no tiene por qué estar relacionado exclusivamente con la venta.

Muchas personas pintan, escriben, fotografían, restauran objetos o realizan artesanía simplemente porque disfrutan haciéndolo. Otras descubren estas actividades tras su jubilación o en momentos de cambio personal. Algunas encuentran nuevas amistades. Otras recuperan la ilusión por aprender.

Los talleres, asociaciones, encuentros culturales y mercadillos permiten compartir conocimientos y experiencias. A menudo una conversación interesante vale más que una venta. Muchas de las relaciones que nacen en estos espacios terminan convirtiéndose en proyectos, colaboraciones o amistades duraderas.

En JIPIJAPI conocemos bien esa realidad. Nuestro colectivo reúne a artesanas y artesanos, escritoras, escritores, artistas, personas vinculadas a la autoedición y participantes con trayectorias muy diversas. Lo que nos une no es una técnica concreta ni una forma determinada de entender el arte. Lo que nos une es el deseo de crear, aprender y compartir.

Quizá por eso seguimos haciendo cosas a mano.

Porque crear nos obliga a detenernos en un mundo que corre demasiado deprisa.

Porque nos permite expresar nuestra personalidad frente a la uniformidad de los productos fabricados en masa.

Porque nos ayuda a relacionarnos con otras personas.

Porque nos enseña a valorar el tiempo y el esfuerzo.

Y porque pocas sensaciones resultan tan satisfactorias como contemplar una obra terminada y poder decir:

"Esto no salió de una fábrica. Esto lo hice yo."

Mientras existan personas con imaginación, curiosidad y ganas de construir algo propio, la artesanía seguirá teniendo sentido. Y mientras existan espacios donde esas personas puedan encontrarse, compartir y mostrar su trabajo, habrá motivos para seguir defendiendo la creatividad frente a la simple reventa.

Porque los objetos pueden comprarse.

Pero la capacidad de crear sigue siendo uno de los mayores tesoros que posee el ser humano.